lunes, 1 de junio de 2009

PACIOS, ARSENIO (1980). Introducción a la Didáctica.

Si los bienes creados son incapaces de saciar nuestros deseos de felicidad, sólo queda Dios como objeto capaz de hacernos enteramente felices con su posesión. El es el único ser que realiza el bien perfecto concebido por el entendimiento y propuesto por éste a la voluntad como objeto supremo de sus deseos. Según esto, la suma perfección natural del hombre consiste en conocer intelectualmente a un Dios de perfección infinita —y por tanto inexhaurible para la potencia intelectiva—, y gozarse en su posesión por el amor de la voluntad, que ya no es deseo, sino complacencia en el bien ya logrado.
Parece evidente que la educación, como cualquier otra perfección adquirida por el hombre en este mundo, sólo será auténtica perfección si se ordena a esta perfección definitiva de la naturaleza humana; es decir si facilita y ayuda al hombre a la consecución de su fin último. Y en este marco se ha de entender todo cuanto dijimos en el número 4 de este mismo capítulo sobre cómo puede contribuir la educación intelectual a la perfección de la naturaleza humana. Porque contribuir a esa perfección es lo mismo que dirigirla a la consecución de su último fin, que es también su máxima perfección y, por añadidura, su felicidad completa e inextinguible.
PACIOS, ARSENIO (1980). Introducción a la Didáctica. Madrid:Cincel, pág. 166.

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